Pruebas
Mercedes-Benz CLS 63 AMG
AMG ha sido la encargada de dar un toque deportivo a una receta llena de lujo y glamour, la del CLS. Nace así el CLS 63 AMG, un coche que mima a sus pasajeros, manteniendo notables habilidades en terreno virado.
"Mercedes es más suave; BMW, más deportivo". Lo sabe casi todo el mundo, y hasta lo dice Gerard Depardieu en una película de Hollywood mientras se fuga en uno de ellos. Pero tal afirmación se queda coja: vamos a ver con detalle cuáles son las características de la deportividad que AMG confiere a las creaciones Mercedes, porque es fruto de un excelente trabajo de puesta a punto cuyo objetivo es, en primer lugar, mantener una suavidad sin parangón, a la vez que se penetra en el campo de la agilidad y el dinamismo mucho más profundamente de lo que habitualmente se piensa.
Bajo la lluvia
Llueve a cántaros el día de la prueba, aunque en las fotos que ilustran este reportaje luzca el sol. Y no estoy en una autopista alemana, sino en una sinuosa carretera de segundo orden. Un lugar en el que un coche con ruedas de perfil bajo, casi dos toneladas de peso, tracción trasera y cinco metros de largo no debería ser un modelo de agilidad y desenfado ante las curvas. Aun así, acelero el ritmo y, bajo esta tempestad y con este recorrido rozar los límites legales es rodar muy deprisa. El CLS vuela sobre el asfalto empapado. El control de tracción se encarga de que las ruedas traseras no tengan problemas en entregar los brutales 514 caballos que genera su motor V8, y las suspensiones cuentan con un reglaje perfecto; si fuesen más duras, como las de un BMW M, la cosa sería más complicada. En mojado los reglajes perfectos no son tan agresivos como en seco, y por ello este AMG ha encontrado un punto a su favor.
La suspensión neumática sigue garantizando suavidad, pero se adapta como un guante a las exigencias del conductor y, como ya ha demostrado Porsche con su Cayenne, alcanza cotas de efectividad muy altas.
Siguen pasando las curvas, me voy haciendo con el coche y disfruto de aceleraciones inigualables y trazadas precisas hasta el extremo. Sólo comedidos coletazos de la trasera rompen la conducción con tiralíneas. Las sensaciones, pues, son excelentes; el agarre colosal, y todo ello manteniendo un confort de cine. La agilidad de un AMG es un referente.
El límite AMG
Sorprendido por el resultado, cambio el chip para que se vea con claridad la frontera que AMG impone a su deportividad. El límite de agarre del CLS AMG está muy alto, pero es muy difícil de percibir. El coche parece llevarnos por sí solo, y suspensión, dirección o frenos cuentan con filtros que tratan de evitar brusquedades y malos gestos, al igual que los reglajes de la protectora electrónica. Con ello se pierde comunicación entre el conductor y el asfalto y, aunque –como hemos visto– todo esto apenas mengua la agilidad, el caso es que disminuye de forma clara la percepción de deportividad.
Por ello, no me he atrevido a desconectar las ayudas electrónicas. La potencia hace a la trasera difícil de controlar, a lo que se suma no saber exactamente cuándo se va a iniciar el derrapaje. Además, a pesar de los reglajes "de lluvia", el comentado perfil tan bajo de los neumáticos aumenta este no saber cuando el agarre se va a convertir en resbalón. En seco, estos filtros de los que hablo se perciben con más claridad: balanceos de la carrocería, una dirección menos directa que en modelos más deportivos, frenos pensados para decelerar sin tirones… de nuevo, el AMG vuela sobre el asfalto, pero la sensación de deportividad es tan sólo moderada. Esa es la frontera, la hemos encontrado. Como decía, ningún Mercedes comprometerá la suavidad a cambio de brusquedades, y sus ingenieros tienen libertad para llegar a ese límite buscando efectividad, pero no para pasarlo. Los BMW sí lo hacen.
En definitiva, el CLS 63 AMG es un coche suave y lujoso, muy ágil y con un moderado toque deportivo. El conductor disfrutará de una joya rodante que es capaz de hacerte sentir como un rajá y que, gracias a AMG, además del mimo garantiza sensaciones fuertes.
Cambios
El CLS AMG acaba de recibir discretos retoques que modifican su imagen. La remodelación de faros, pilotos ahora con diodos para intermitencia, posición y freno, parrilla frontal y paragolpes modifican su rostro sin revolución, y las llantas o las salidas de escape, también nuevas, matizan suavemente el resultado. Además, los retrovisores han crecido para mejorar la visibilidad.
Dentro hay retoques aquí y allá, que si mandos, que si volante de tres radios, además de un nuevo dispositivo, y con pantalla desde la que se maneja el sistema de sonido, el navegador y el teléfono, que trae conexión Bluetooth de serie.
Esto es lo que cambia. Por fuera, permanece una carrocería que ha inspirado innumerables copias, ya que fue pionero a la hora de añadir cuatro puertas a una carrocería típica de coupé. Por dentro, el cuidado por el detalle es inmejorable. En definitiva, un coche de ensueño, cuya única pega de verdad es su precio.
Nuevo motor diésel
Coincidiendo con el 150 aniversario de Rudolf Diesel, Mercedes-Benz presenta una nueva generación de motores diésel de cuatro cilindros que da un paso más en lo que a rendimiento se refiere. En su versión más potente, el nuevo cuatro cilindros extrae 204 CV de sus 2.143 cc de cilindrada, es decir, un 20% más que su predecesor. Simultáneamente, el par motor máximo crece de 400 a 500 Nm, lo que supone un aumento del 25%. A pesar de los 34 CV suplementarios, el nuevo diésel de cuatro cilindros consume claramente menos combustible que su ya de por sí ahorrativo predecesor. Una berlina con este nuevo motor de 204 CV consume sólo 5,4 l/100 km, e incluso con la versión de 170 CV el consumo se reduce a 5,1 l/100 km. Esto significa, por otra parte, una disminución del 13% en emisiones de CO2.