miércoles, 07 de enero de 2009

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Tokio

12/12/2007

Rafa J. CID

Tokio

Modernidad y tradición han chocado como dos luchadores de sumo en la ciudad de Tokio, creando un ambiente irrepetible. Escenas tradicionales se funden y confunden con vanguardias estilísticas, y si de día reina el sol, de noche es la luz de neón la que cobra protagonismo.

La leyenda de los 47 samuráis tiene un gran arraigo en Japón. Cuenta cómo Asano, un señor feudal japonés, hirió a Kira, un importante oficial de Edo, en presencia del Emperador. Corría el año 1701. Aunque su cólera se debió a una ofensa previa, y Kira solamente fue levemente tocado por la espada corta de Asano, el precio por un acto de violencia en la corte se pagaba con la muerte mediante seppuku, mas conocido como haraquiri. Asano, sin dudarlo, cumplió la ley y se quitó la vida. Sus trescientos samuráis, desde entonces, dejaban de tener señor al que servir, convirtiéndose en ronin.

47 de ellos quisieron vengar a su líder. Planearon meticulosamente su venganza y, más de un año después, asaltaron el castillo de Kira y le ordenaron matarse. Al no hacerlo, ellos mismos terminaron el trabajo. Su castigo, de nuevo, fue el seppuku. Todos ellos lo cumplieron sin rechistar.

En el centro de Tokio, el templo de Sengakuji ha sido levantado para el descanso de esos 47 samuráis. Su estilo es medieval y, en su interior, nadie diría que nos encontramos en el siglo XXI. Pero eso sí, para llegar a él no es raro tener que surcar la autopista de peaje, que atraviesa la ciudad y que discurre entre los edificios como colocada con calzador. Los atascos son de horas, lo que ha hecho imperativo poseer plaza de garaje antes de comprar coche, y las luces de neón, pantallas y carteles publicitarios inundan todas las calles. Picadilly Circus, en Londres, sería una plaza más en Tokio.

Éste es un ejemplo más de ese tremendo contraste de modernidad y tradición, fruto de la entrada de occidente en un país que, a finales del siglo XIX, abrió sus puertas al extranjero tras 200 años de completo aislamiento.

Qué ver
Para empezar, no está mal visitar la zona de Asakusa. Se trata del Tokio antiguo, del que queda bien poco. Algunas casas bajas, un mercado tradicional y varios templos son lo único que ha sobrevivido a los rascacielos, pero quizá sea ésta una de las zonas más sabrosas de la ciudad. Una de las tradiciones consiste en, tras dar unas monedas, sacar una madera de una caja llena de ellas. La fortuna nos dirá, a través de la letra que azarosamente ha aparecido inscrita en la madera, qué cajón debemos abrir de un amplio mueble. Y, escondido en él, un folleto nos relatará quién sabe qué cosas sobre nuestro destino. Hay que saber japonés para averiguarlo. Éste es un problema para el turista occidental, pocas personas hablan inglés, y menos fuera de la ciudad, aunque afortunadamente hay muchas indicaciones en caracteres occidentales –los nombres de los barrios, por ejemplo– lo que no he visto en casi ninguna otra ciudad del mundo.

En Asakusa encontraremos monjes, bandas de tambores e incluso un hombre vestido a la manera tradicional, que saca melodías de una hoja de planta. No está de más comer en un restaurante barato, que ofrece sopas por un módico precio. Por cierto, hay que sorber la pasta de las mismas tan ruidosamente como los locales, para no ser un finolis al que digan que tiene “lengua de gato”.

Y hay que aprovechar todo lo barato, que se encuentra fácilmente, pues lo caro no es caro, es carísimo. El taxi de Narita a Tokio puede costar unos 25.000 yenes –que se traducen con gratificante paridad con las antiguas pesetas–, mientras podemos pagar unos 3.000 por hacer la misma ruta en autobús. Y si la citada sopa nos costó 500 yenes por barba, una buena cena puede superar los 50.000.

En este último caso, lo más lógico sería que tal dispendio incluyese en el menú buey de Kobe. Se trata de una de las mejores carnes del planeta, ya que se obtiene de bueyes a los que se les incluye cerveza en su dieta, baños de sake y mil cuidados más. Deliciosa.

Sin duda, el sushi y el sashimi son claves en la cocina japonesa, pero son sólo una pequeña parte de la misma. Otra de sus grandes especialidades es la ballena, que tiene un sinfín de partes aprovechables, todas ellas diferentes a nuestro paladar. Comer variado en Japón es verdaderamente gratificante.

Más
Situada en la bahía de Tokio, Odaiba es una isla artificial en la que se ha construido una de las zonas más modernas de la ciudad, llena de edificios vanguardistas. Repleta de tiendas y lugares de ocio –centros comerciales, cines…–, se accede a la misma a través de puentes como el Rainbow Bridge.

La Tokio Tower es una reproducción de la Torre Eiffel, y es otro destino turístico, pero no deja de ser anecdótica. Antes de verla, es preferible acudir a muchos de los parques de la ciudad, en particular el Parque Ueno. Limpio como todo Tokio, aunque con muchos sin techo en su recinto, alberga museos, un zoo y diversas estatuas de importancia.

Otro punto de notable interés es el Palacio Imperial. Sito en el centro de la ciudad, está rodeado por jardines, que contrastan con los rascacielos que pueden verse rodeándolos. Dado que la familia real nipona habita en él, no puede visitarse en su totalidad.

De noche
Roppongi es la zona de copas por excelencia de Tokio. Aunque no abunda la prostitución, y menos para extranjeros, es muy normal encontrarse allí bares y discotecas rodeados por locales de striptease, restaurantes americanos como los Hard Rock o pubs irlandeses. Es, quizá, una de las zonas donde más occidentales pueden verse.

De noche, los japoneses son modernos y divertidos. Por ello, a Tokio le llaman también la ciudad que nunca duerme…

 

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