Pocos ponen en duda las leyes de la evolución de Darwin, pero el caso es que a los científicos les faltan muchos eslabones perdidos para completar el árbol evolutivo de las especies, empezando por la nuestra. Algunos de nuestros supuestos tatatatatarabuelos peludos no aparecen ni fosilizados.
En el mundo de la automoción se está gestando una nueva especie de vehículos, los eléctricos, que en unos 15 ó 20 años, según los expertos en la materia, serán capaces de competir en precio y prestaciones con los de toda la vida, los que tienen motores de explosión. A partir de ahí, su evolución los hará sin duda más eficaces y asequibles. Nuestros hijos y nietos, probablemente, sólo conducirán coches eléctricos.
Pero, a día de hoy, el peso de sus necesarias baterías –las células de combustible– y su escasa capacidad de almacenamiento de energía hacen que todavía no sean capaces de pelear de tú a tú con los motores de gasolina o gasóleo, que llevan un siglo evolucionando.
Pero para que los coches eléctricos logren eso mismo, evolucionar, es imprescindible que lleguen al mercado. El problema es que nadie quiere, o más bien pocos, comprar automóviles que, aunque no contaminen y sean espectacularmente silenciosos, corran menos que los de toda la vida y cuesten más. No los quieren ni los ecologistas: Greenpeace, por ejemplo, está en contra del transporte personal, y por ello tampoco comulga del todo con los coches eléctricos. La solución ha llegado de la mano del eslabón perdido: los coches híbridos.
Dos motores
Los coches híbridos cuentan con dos motores, uno de explosión –casi siempre de gasolina, aunque también diésel– y un segundo eléctrico. De esta forma, no se necesitan baterías tan grandes ni que el vehículo consuma combustibles todavía no comercializados, como el hidrógeno. Además, con el plus de potencia que aporta el motor eléctrico, su pareja de combustión interna tampoco debe recurrir a mucha cilindrada, con lo que bajan los consumos. Así nacieron los híbridos.
Los primeros intentos fueron brillantes en lo que a tecnología se refiere, pero su atractivo de cara al gran público fue más bien escaso. Las razones eran muy simples: consumían como los diésel de última hornada y costaban más. Así, pudimos ver ejemplos como el Toyota Prius I o el Honda Insight, poco agraciados además estéticamente, por lo menos para el gusto europeo. Aunque poco comerciales, estos vehículos fueron el primer paso hacia algo muy importante.
Poco a poco, sus evoluciones empezaron a resultar más interesantes. El Prius II es un coche que consume menos de tres litros de combustible cada cien kilómetros por carretera, con prestaciones suficientes y que gracias a su mayor tamaño –ha emigrado del segmento de los Renault Mégane al de los Laguna– resulta ahora de precio interesante.
Vehículos como éste, o el Honda Civic IMA recientemente puesto al día también, siguen siendo ligeramente más caros que modelos similares armados con los tradicionales motores de gasóleo, ya que ofrecen lo mismo pero con prestaciones ligera mente inferiores. Pero la diferencia es ya moderada, y se contrarresta con argumentos propios y únicos de venta que hacen que su compra no sea un capricho. Por ejemplo, como esbozábamos líneas atrás, su ecología, ya que apenas contaminan y además hacen mucho menos ruido. Prácticamente nada cuando es el motor eléctrico el que mueve el coche por sí solo, lo que se da únicamente en ciertas circunstancias. De toda formas, también hay quien plantea que la ecología de un coche no sólo debe estar en su uso, sino también en su fabricación, y así lo ha puesto de manifiesto, por ejemplo, Bernd Pischetsrieder, presidente del Grupo Volkswagen, en una jornada previa al Salón del Automóvil de Ginebra ante un gran número de medios especializados en el automóvil.
Así que los híbridos son una opción más entre la amplia oferta del mercado, especialmente recomendable para los que busquen confort, bajo consumo y suavidad de marcha. Eso sí, si busca elevadas prestaciones o bajo precio, hasta ahí no pueden llegar todavía.